Había que vernos. Era noviembre, llovía en Villaviciosa de Odón —porque en ese campus siempre llueve de lado— y nosotros estábamos en la sala de disección con el cerebro frito tras tres horas identificando ramas de la arteria braquial que parecían todas hilos de coser usados.
En la mesa de al lado estaba Nacho. Nacho es el típico que se cree el Dr. House de la UEM porque se ha comprado un fonendo de 200 euros que solo usa para auscultar a su perro. Estaba allí, inclinado sobre el cuerpo, con la pinza de disección en una mano y el manual de Gray en la otra, intentando impresionar a una chica de segundo que se había pasado por allí.
De repente, Nacho suelta un grito que se oyó hasta en la facultad de Odontología. Da un salto hacia atrás, tira el taburete y se queda señalando el brazo del cadáver como si acabara de ver a un fantasma.
— "¡Se ha movido! ¡Tío, que me ha agarrado la pinza!", brama Nacho con la cara del color de un folio.
Claro, el resto nos quedamos congelados. Miramos el brazo. Nada. Silencio absoluto, solo se oía el zumbido de la ventilación. Pero Nacho estaba en pleno brote: decía que al intentar pinchar el nervio cubital, la mano del cadáver se había cerrado como una garra. Empezó a soltar teorías sobre "vida latente" y "reflejos post-mortem" a una velocidad terminal. Ya se veía publicando en The Lancet.
En esto que se acerca el Dr. M., ese profesor que tiene el sentido del humor de una piedra de granito. No dice nada. Se queda mirando a Nacho, luego mira la mesa y luego mira el suelo.
Sin mediar palabra, el profesor se agacha y recoge un extremo del cable del electrobisturí que un grupo de cirugía había dejado mal recogido en la mesa de atrás. El cable estaba pelado y hacía contacto intermitente con el metal de la mesa de Nacho.
El Dr. M. cogió el cable con unas pinzas aislantes, lo rozó contra el nervio cubital expuesto de la disección y, efectivamente, la mano del cadáver pegó un latigazo y se cerró de golpe. Nacho casi se desmaya del susto.
El profesor se limitó a decir:
— "Señor Nacho, ni es un milagro, ni es un zombie, ni usted es el Dr. Frankenstein. Se llama conducción eléctrica simple. El cadáver está más muerto que sus posibilidades de aprobar el parcial si sigue intentando diseccionar con el bisturí al revés. Recoja el taburete y deje de asustar a los de primero".
Lo mejor de todo no fue el ridículo de Nacho, sino que durante el resto del curso, cada vez que alguien entraba en la cafetería, le preguntaban si traía los cables de arranque por si el sándwich mixto necesitaba una reanimación. A Nacho todavía le llaman "El Chispas" en las cenas de Navidad de la facultad.
